Allí estaba, sentado en la vieja estación de trenes, sin equipaje alguno y sin saber dónde ir.
Tenía la certeza de que algún tren llegaría y, a pesar de no saber el punto de llegada, la duración del trayecto o si el mismo tendría fin, esperaba ilusionado el viaje que ese tren podría darme.
Hasta que un día lo ví llegar, una mezcla de sensaciones invadieron mi cuerpo y cargado de valor, pedí al maquinista que me permitiera subir.
No tenía ni un centavo en los bolsillos, nada con qué pagar, estaba un poco desilusionado porque realmente sentía ganas de viajar. En ese momento recordé que tenía algo de mucho valor, y extendiendo la mano con mi corazón en ella, se lo ofrecí en forma de pago, pidiendo que tan sólo lo ciudara, que tan sólo le diera amor, que es lo único que necesita para estar bien. ´
El lo aceptó y emprendimos viaje.
Al principio era todo tan nuevo y tan extraños que el miedo y la incertidumbre me acompañaban, pero a la vez cada vivencia hacia el viaje tan hermoso que la entrega fue casi inmediata.
Cada kilómetro recorrido era involvidable, era especial, era lo mejor. Había subidas, bajadas y hasta cambios de velocidad, había placer, pasión, amor.
Fue así durante un tiempo, recuerdo haber sentido a mi corazón y decía que estaba felíz, conforme y contento en sus manos. Ellos juntos desde la locomotora direccionaban el rumbo, proyectaban los destinos.
Todo marchaba bien hasta que con el tiempo y el camino recorrido, el tren y las vías empezaron a presentar algunos desperfectos y desgastes.
El viaje también comenzó a tornarse monótono y a veces hasta problemático.
Llegamos al punto en el que no sabíamos qué hacer, si seguir con el viaje o detenerlo..y sin saber bien el modo decidimos intentar seguir con el viaje con esperanzas de cambios y mejoras.
Lastimosamente, a pesar del esfuerzo, no fue así, las vías ya comenzaban a oxidarse y deteriorarse, los desgastes del tren hicieron que perdiera equilibrio, la inercia e inestabilidad consiguieron que se descarrilara diera vuelta con nosotros dentro..
El viaje había llegado a su final, un final que era doloroso y del cual salimos heridos.
Ésta vez fue al revés, el maquinista me extendió su mano, con mi corazón ella y rogó por devolvérmelo. Lo tomé, estaba lastimado, sangraba por muchos lados y sus fuerzas ya agotadas aparentaban que no resistiría mucho más tiempo.
Salí del tren y emprendí el camino opuesto al maquinista, sin rumbo ni ganas o energías para andar; intentando que los trozos de mí que llevaba en mano siguieran unidos para tratar de repararlos y ponerlos en su lugar.
Su cuidado fue intensivo, costaba sanar las heridas, que cicatricen y duelan lo menos posible.
Eran marca y manifestación del cierre de un ciclo, de un cambio y un nuevo comienzo.
Pasó tiempo, el suficiente como para acostumbrarme a ello, me repuse de a poco, sonreía cada vez más y los latidos ya eran normales y estables.
Nunca olvidaré ese viaje; me hizo aprender y crecer, fortaleciéndome el alma y el corazón pero a su vez obligándome a ponerle una armadura, que lo vuelva tosco, duro, insensible.
Quizás a muchos nos pasó, y con la armadura puesta andamos de tren en tren, bajando en la siguiente parada por temor a que el viaje no salga como esperamos o queremos..
Uno ya no quiere arriesgar y espera el "tren indicado", pero nunca sabremos si lo es hasta que no arriesguemos a subirnos en él. Es cierto que nunca sabemos qué nos deparará el viaje, pero de la primera herida aprendimos a reponernos y por supuesto que sabremos volver a hacerlo si fuera necesario.
No tengamos miedo a subir, a viajar, a disfrutar. Si el viaje tiene final, las causas lo quisieron inevitable, pero el momento que estuvimos en él seguramente lo hemos gozado como merecía, como en el momento queríamos. Y si el viaje no tiene ese final, lo mejor que pudimos haber hecho fue arriesgar.
Tenía la certeza de que algún tren llegaría y, a pesar de no saber el punto de llegada, la duración del trayecto o si el mismo tendría fin, esperaba ilusionado el viaje que ese tren podría darme.
Hasta que un día lo ví llegar, una mezcla de sensaciones invadieron mi cuerpo y cargado de valor, pedí al maquinista que me permitiera subir.
No tenía ni un centavo en los bolsillos, nada con qué pagar, estaba un poco desilusionado porque realmente sentía ganas de viajar. En ese momento recordé que tenía algo de mucho valor, y extendiendo la mano con mi corazón en ella, se lo ofrecí en forma de pago, pidiendo que tan sólo lo ciudara, que tan sólo le diera amor, que es lo único que necesita para estar bien. ´
El lo aceptó y emprendimos viaje.
Al principio era todo tan nuevo y tan extraños que el miedo y la incertidumbre me acompañaban, pero a la vez cada vivencia hacia el viaje tan hermoso que la entrega fue casi inmediata.
Cada kilómetro recorrido era involvidable, era especial, era lo mejor. Había subidas, bajadas y hasta cambios de velocidad, había placer, pasión, amor.
Fue así durante un tiempo, recuerdo haber sentido a mi corazón y decía que estaba felíz, conforme y contento en sus manos. Ellos juntos desde la locomotora direccionaban el rumbo, proyectaban los destinos.
Todo marchaba bien hasta que con el tiempo y el camino recorrido, el tren y las vías empezaron a presentar algunos desperfectos y desgastes.
El viaje también comenzó a tornarse monótono y a veces hasta problemático.
Llegamos al punto en el que no sabíamos qué hacer, si seguir con el viaje o detenerlo..y sin saber bien el modo decidimos intentar seguir con el viaje con esperanzas de cambios y mejoras.
Lastimosamente, a pesar del esfuerzo, no fue así, las vías ya comenzaban a oxidarse y deteriorarse, los desgastes del tren hicieron que perdiera equilibrio, la inercia e inestabilidad consiguieron que se descarrilara diera vuelta con nosotros dentro..
El viaje había llegado a su final, un final que era doloroso y del cual salimos heridos.
Ésta vez fue al revés, el maquinista me extendió su mano, con mi corazón ella y rogó por devolvérmelo. Lo tomé, estaba lastimado, sangraba por muchos lados y sus fuerzas ya agotadas aparentaban que no resistiría mucho más tiempo.
Salí del tren y emprendí el camino opuesto al maquinista, sin rumbo ni ganas o energías para andar; intentando que los trozos de mí que llevaba en mano siguieran unidos para tratar de repararlos y ponerlos en su lugar.
Su cuidado fue intensivo, costaba sanar las heridas, que cicatricen y duelan lo menos posible.
Eran marca y manifestación del cierre de un ciclo, de un cambio y un nuevo comienzo.
Pasó tiempo, el suficiente como para acostumbrarme a ello, me repuse de a poco, sonreía cada vez más y los latidos ya eran normales y estables.
Nunca olvidaré ese viaje; me hizo aprender y crecer, fortaleciéndome el alma y el corazón pero a su vez obligándome a ponerle una armadura, que lo vuelva tosco, duro, insensible.
Quizás a muchos nos pasó, y con la armadura puesta andamos de tren en tren, bajando en la siguiente parada por temor a que el viaje no salga como esperamos o queremos..
Uno ya no quiere arriesgar y espera el "tren indicado", pero nunca sabremos si lo es hasta que no arriesguemos a subirnos en él. Es cierto que nunca sabemos qué nos deparará el viaje, pero de la primera herida aprendimos a reponernos y por supuesto que sabremos volver a hacerlo si fuera necesario.
No tengamos miedo a subir, a viajar, a disfrutar. Si el viaje tiene final, las causas lo quisieron inevitable, pero el momento que estuvimos en él seguramente lo hemos gozado como merecía, como en el momento queríamos. Y si el viaje no tiene ese final, lo mejor que pudimos haber hecho fue arriesgar.
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